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Montserrat Escribano-Cárcel

Uno de los libros del filósofo Slavoj Žižek 
lleva por título Bienvenidos a tiempos interesantes (2011). Sus palabras describen la situación en la que nos encontramos. En unos años hemos pasado del desconcierto, producido por un mundo que se deshacía ante nuestra mirada, a la búsqueda y creación de respuestas distintas que ponen en cuestión cualquier institución. Todo ello a pesar de que no sabemos con claridad a qué nos enfrentamos o ante quién estamos respondiendo. La ansiedad parece haberse instalado en nuestras precarizadas vidas pero no ha paralizado el entusiasmo con el que continuamos buscando propuestas teológicas disruptivas frente a sistemas que aplastan a las personas.

  1. Las neurociencias y la racionalidad neurocientífica

Asistimos con novedad a profundos cambios que se gestan en el conocimiento y que posibilitan modos distintos de comprensión de la realidad. Algunos de estos cambios tienen lugar, sin duda, en las llamadas neurociencias. Siguiendo a Erik Kandel (1995) las neurociencias son un conjunto de disciplinas que comparten objetivos comunes para desentrañar la estructura y el funcionamiento del sistema nervioso, aunque la mayor atención recae sobre el cerebro. Desde que a finales del siglo XX se iniciara la “Década del cerebro”, estos estudios se han multiplicado de un modo exponencial. Mucho tuvo que ver en su desarrollo la enorme infraestructura que las sostiene y que incluye departamentos universitarios de gran prestigio, Premios Nobel, revistas especializadas, junto con inmensas cantidades de dinero presupuestado por parte de los distintos países. A la vez, asistimos a un despliegue tecnológico que permite modos de aproximación a nuestra genética neuronal y que ha modificado el modo de entender en cerebro. Como resultado se dibuja un nuevo escenario cognoscitivo que busca comprender y desentrañar nuestra compleja vida cerebral. Sobre él nuevas disciplinas aparecen combinando anteriores metodologías con nuevos conocimientos descritos ahora con el prefijo Neuro-. Entre esta pléyade de áreas surgidas aparece también la neuroteología fundamental que propongo.

Por primera vez, como señala Hanna Damásio (2010), gracias a las técnicas de neuroimagen, nos asomamos a millones de neuronas que producen billones de sinapsis que responden a un código genético determinado. Visualizar el cerebro permite comprender cómo y qué sucede durante la actividad cerebral. A la vez, se alcanza una descripción mayor de su morfología, de su espacialidad arquitectónica, de su fisiología y de su perspectiva genética que describe la complejidad y la variabilidad que muestran nuestros cerebros. Estos avances se traducen en mejoras médicas, en intervenciones quirúrgicas precisas y en neurofármacos que actúan de modo más certero. Los resultados afloran y tejen un panorama esperanzado para millones de personas que de un modo u otro se ven afectadas por dolencias mentales o que prevén padecerlas.

Pero además de los avances en la comprensión del sistema central y de sus aplicaciones médicas y farmacológicas una de las consecuencias que considero más importantes es que los logros alcanzados suponen también la aparición de una racionalidad neurocientífica. Es decir, un modo comprensivo propio desde el cual se entiende aquello que nuestra biología neuronal refleja. Las neurociencias conforman un “estilo neuromolecular de pensamiento” propio (Nikolas Rose y Joelle M. Abi-Rached 2013, 43–46) que nos llevan a releer las capacidades humanas a través de la actividad neuronal y de sus relaciones con la tecnología. Esta nueva racionalidad neuro, precisamente por la influencia que ejercen sobre el resto de conocimientos y disciplinas tiene unas hondas consecuencias que como teólogas no podemos obviar. Intentaré mostrar la importancia que esto tiene.

Cada avance neurocientífico es posible gracias al desarrollo de nuevos sistemas de medición con los que aproximarnos a la materialidad neuronal. Estos sistemas responden a los diferentes niveles de aproximación. La escala de medición va desde las proteínas, medidas en nanómetros, hasta la totalidad del cerebro medida en centímetros (Henry Markram 2012). El punto de partida se sitúa en los neurodatos obtenidos mediante experimentación en laboratorios u hospitales. A partir de ellos y desde el marco de la nueva racionalidad neuro se elabora el conocimiento cerebral, se explica el porqué de nuestras funciones o disfunciones cognitivas, pero además se pretende una descripción total de nuestra identidad.

Siendo esto así, la novedad que plantean las neurociencias al resto de disciplinas no es tan solo una manera más precisa de acercarnos a la materia cerebral, sino un nuevo marco de conocimiento que se impone a través de una “mirada nanométrica” (Abi-Rached y Rose 2010). Las neurociencias gozan de una preponderancia científica y económica que ha saltado desde los centros de investigación y se ha situado de modo definitivo en la vida social. Como resultado asistimos a un modo “cerebralizado” (Fernando Vidal 2009) desde el que comprendemos la materialidad y vitalidad de nuestros cuerpos y los actuales modos de vida. A este fenómeno se le conoce como neurocultura (Giovanni Frazzetto y Suzanne Anker 2009). Su influencia es tal que no es posible quedar al margen de esta racionalidad neurocientífica. De ahí que no podamos continuar elaborando teología como si la neurociencias no existieran.

La tarea teológica comparte con estas disciplinas su interés por lo humano. En estos momentos, las neurociencias, la tecnología y la aparición de nuevas formas culturales ponen en cuestión nociones como naturaleza humana, cultura, singularidad, creación o especie. Además el conocimiento neurocientífico tiene una cualidad ontológica que aspira a definir quiénes somos (Sigrid Schmitz 2014; Sigrid Schmitz y Grit Höppner 2014). Consecuentemente, el desarrollo tecnológico, la mirada cerebralizada de nuestra identidad así como el contexto cultural y ético en el que nos movemos cuestionan la veracidad y posibilidad de muchas de las concepciones que sostienen nuestras certezas teológicas.

  1. La neuroteología

Nos encontramos ante nuevos dispositivos que crean un conocimiento altamente novedoso, pero a la vez también arriesgado. El riesgo, como ha señalado el feminismo filosófico de la ciencia (Donna Haraway 2015, 1990; Sandra Harding 1986 y Lisa L. Stenmark 2012) es olvidar que el discurso científico es siempre una empresa moral e ideológica que inscribe y difunde a menudo alocuciones empapadas de inscripciones racistas y heterosexistas. La teología tiene su propia racionalidad y dispone de una dilatada tradición de pensamiento. En la iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II, se vivió un impulso cognoscitivo que diversificó y amplió el horizonte teológico inicial. Surgieron distintas corrientes teológicas contextuales como las teologías de la liberación, las teologías feministas, las teologías del cuerpo, las teologías queer o las postcoloniales. A pesar de sus peculiaridades, todas ellas mostraron un enorme interés por contextualizar y situar el pensamiento. Incorporaron en sus metodologías herramientas epistemológicas de otras disciplinas y alcanzaron una enorme creatividad teológica. Desde entonces, las teologías contextuales se han convertido en dispositivos de pensamiento crítico y propositivo capaz de dialogar éticamente con el resto de ciencias.

En estos momentos, el cruce de este conocimiento teológico con aquello que las neurociencias revelan sobre nuestro cerebro tiene como consecuencia un interés renovado hacia lo religioso y lo teológico. De esta intersección surgió la neuroteología (James Ashbrook 1984). A pesar de su juventud ha diversificado ya sus objetivos, metodologías y lenguajes, y muestra dos grandes áreas de investigación (Andrew Newberg 2010). Una primera que se interesa por la experiencias del dolor y sus posibles relaciones con las creencias religiosas o espirituales. Otra segunda que pone el acento en describir la actividad neurocientífica que refleja el cerebro mientras las personas recuerdan o viven algunas de estas experiencias.

Esta labor neurocientífica se presenta como un estudio de las religiones o de las experiencias espirituales. Además, la neuroteología persigue también una descripción neurofisiológica que intenta situar y localizar este tipo de experiencias. Son muchas las consecuencias y límites que de todo esto se deriva. Se abren posibilidades médicas y por primera vez, se llevan a cabo estudios de la neurobiología que presentan nuestras creencias. Simultáneamente, aparece la posibilidad de que podamos intervenir sobre el cerebro para tratar de paliar el dolor padecido o bien transformar el modo en que percibimos sentimientos como la rabia, la frustración o la ira y acercarlas a vivencias más positivas como la misericordia (Mathieu Ricard 2015).

  1. Una neuroteología fundamental

Propongo desarrollar una neuroteología fundamental. Mi interés no reside en presentar descripciones neurofisiológicas de las experiencias espirituales o en calibrar sus posibilidades médicas, sino en cuestionar algunas de las formas que la racionalidad neurocientífica abre y también los límites que muestra. De modo especial, ahora esta racionalidad se erige como el modo autorizado y legítimo de mostrar el conocimiento (Des Fitzgerald y Felicity Callard 2015).

La teología está transida por una característica fundamental que investiga la posibilidad de la fe. De modo más concreto, es la llamada teología fundamental la disciplina que estudia los lenguajes, métodos, retóricas y prácticas teológicas que se derivan de la actividad creyente. Este ámbito se convierte en un espacio que cuestiona la racionalidad de la fe, su posibilidad y los lenguajes a través de los que se presenta. La teología fundamental describe aquello que sucede refiriéndolo a la divinidad y lo hace siempre echando mano de los esquemas sociales, económicos o sexuales. Su característica fundamental la sitúa en las fronteras del conocimiento y le permite dialogar críticamente con las personas que producen ese conocimiento, así como con su entorno cultural y político. Esta posibilidad fundamental fronteriza le confiere una posición epistemológica interesante capaz de cuestionar éticamente los modos en los que se produce el conocimiento neurocientífico y teológico.

La neuroteología fundamental que persigo se presenta como un espacio deliberativo para repensar la manera en que las neurociencias están clasificando y definiendo la subjetividad humana. Mi interés es cartografiar estas propuestas y descripciones neurocientíficas desde la perspectiva de la racionalidad teológica crítica. Este modo de hacer neuroteología cuestiona, revisa y abre concepciones fundamentales sobre las que se construye ahora el entramado racional.

A pesar de los muchos descubrimientos obtenidos seguimos sin comprender cómo las unidades cerebrales básicas, es decir, las neuronas son capaces de albergar aquello que conforma nuestra pretendida humanidad. Me refiero a capacidades como la memoria y el lenguaje pero también a otras mucho más complejas como son la capacidad de enamoramiento, la trascendencia, el éxtasis ante la belleza, el orgasmo, las experiencias religiosas y compasivas o la posibilidad de trazar sueños que orienten el sentido de nuestras vidas. La racionalidad teológica ofrece sus propias respuestas, pero son las teologías críticas, a las que antes hice referencia, las que aportan un conocimiento más amplio de la corporalidad. El punto de partida son especialmente las mujeres y todos aquellos que son invisibilizados o considerados no-personas. Para ello recurren al esquema precartesiano que ofrecen los textos bíblicos sobre del cuerpo humano [basar].

Las teologías del cuerpo y las teologías queer subrayan que la vitalidad del cuerpo se percibe como un espacio abierto que genera identidades diversas, fluidas contradictorias y siempre se muestran con un espacio político (Marcella Althaus-Reid y Lisa Isherwood 2004). Esta vitalidad nomádica de la corporalidad (Rosi Braidotti 2013) integra el conocimiento sobre nuestro cerebro y permite comprender categorías neurocientíficas como la plasticidad o epigénesis, pero ahora de un modo encarnado. La neuroteología fundamental dispone de herramientas críticas, métodos exegéticos, lenguajes simbólicos y metáforas proféticas como posibilidad de ahondar en la humanidad y en la trascendencia (Mayra Rivera 2007).

El aparato crítico del que dispondría la neuroteología fundamental le brinda inesperadas propuestas que le obligan a ir más allá de los marcos iniciales y que se traducen en una expansión de aquello que conocemos de lo humano (Lisa Isherwood 2015). A pesar de sus debilidades epistémicas y de su invisibilidad científica, la neuroteología fundamental es una propuesta disruptiva capaz de cuestionar criterios construidos únicamente a partir de lo que nuestro cerebro manifiesta. La subjetividad es inaprensible y siempre abierta a posibles transformaciones que van modelando nuestra existencia. La tarea es hacer una propuesta humana que desafíe descripciones neurocientíficas que naturalicen y esencialicen la vida humana reduciéndola a su biovalor.

Referencias:

Abi-Rached, Joelle M. y Rose, Nikolas (2010) “The birth of the neuromolecular gaze,” History of the Human Science 23:11–36. DOI: 10.1177/0952695109352407.

Althaus-Reid, M. and Isherwood, L. (2004) The Sexual Theologian. Essays on Sex, God & Politics. London: T&T Clark.

Ashbrook, James B. (1984) “Neurotheology: The Working Brain and the Work of Theology,” Zygon 19: 331–350. DOI: 10.1111/j.1467-9744.1984.tb00934.x.

Braidotti, Rosi (2013) Lo Posthumano. Barcelona: Gedisa.

Fitzgerald, Des y Callard, Felicity (2015) “Social Science and Neuroscience beyond Interdisciplinarity: Experimental Entanglements,” Theory, Culture & Society 32: 3–32. DOI: 10.1177/0263276414537319.

Frazzetto, Giovanni y Anker, Suzzane. (2009) “Neuroculture,” Nature Reviews Neuroscience 10: 815­–821. DOI:10.1038/nrn2736.

Haraway, Donna (1990) Simians, Cyborgs and Women. Londres: Free Associeation Press.

–– (2015) El patriarcado del osito Teddy. Taxidermia en el Jardín del Edén. Barcelona: Sans Soleil.

Harding, Sandra (1986) The Science Question in Feminism. Ithaca: Cornell University Press.

Ricard, Mathieu (2015) “Experiencia interior y neurociencias,” Concilium 362: 13–26.

Markram, Henry (coord.) (2012) The Human Brain Project. A Report to the European Commission. Lausanne: The HBP-PS Consortium.

Newberg, Andrew (2010) Principles of Neurotheology. Surrey, UK: Ashgate Publishing Ltd.

Kandel, E., Schwartz J. H. and Jessell, T. M. (eds.) (1985) Principles of Neural Science. Nueva York: Elsevier.

Rivera, Mayra (2007) The Touch of Transcendence. A Postcolonial Theology of God. London: WJK.

Rose, Nikolas y Abi-Rached, Joelle. M. (2013) Neuro. The New Brain Science and the Management of the Mind. Princeton: Princeton University Press.

Schmitz, Sigrid (2014) “Feminist Approaches to neurocultures,” in Wolfe, Charles T. (ed.) Brain theory. Essays in critical neurophilosophy. London: Palgrave Macmillan.

Schmitz, S. and Höppner, G. (eds.) (2014) Gendered Neurocultures. Feminist and Queer Perspectives on Current Brain Discourses. Viena: Zaglossus.

Stenmark, Lisa L. (2012) “Feminist Philosophies of Science. Towards a Prophetic Epistemology,” en Stump, J. B. y Alan G. (eds.) The Blackwell companion to Science and Christianity. Malden: Willey-Blackwell.

Vidal, Fernando (2009) “Brainhood, anthropological figure of modernity,” History of the Human Sciences 22: 5­–36. DOI: 10.1177/0952695108099133.

Žižek, Slavoj (2011) Bienvenidos a tiempos interesantes. Tafalla: Txalaparta.


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